domingo, 17 de enero de 2010

All the way in front of me


Actualizo. ¡Si, al fin! Una gran amiga se ha iniciado en esta aventura que es tener un blog, y merecía la pena actualizar tan solo por ésto. También porque ya era necesario, porque ya ha empezado un nuevo año, y hay que intentar que las buenas costumbres se perpetúen.

Estos días no ha pasado nada reseñable. Bueno, alguna que otra decepción, está claro que si. Comentaba el otro día con esta gran amiga que menos mal que conozco a personas maravillosas, porque si no ya estaría decepcionada de la raza humana. A veces el miedo nos lleva a cometer errores tremendos, y siempre vuelvo a este tema recurrente que es el miedo. Miedo a perder a la persona amada, miedo a que nos abandonen, miedo. Qué malo es. Pero precisamente por éso tenemos que saber perdonar, respetar las elecciones de los otros, aunque nos parezcan erróneas, y permitir a los demás que se equivoquen para que luego puedan encontrar el camino de regreso, donde les estaremos esperando con una pancarta: "Feliz vuelta".

Otra cosa que ha pasado es que Emi ha encontrado una nueva afición que le encanta. Parece una tontería, pero no lo es. Me parece un gran regalo. A veces es complicado para algunas personas encontrar algo que les apasione, que les llene, y que les ofrezca felicidad. Emi me da un poco de envidia por éso. Pero envidia sana, cuidado.

Y claro, empiezo 2010 llena de propósitos. Uno de ellos puede ser actualizar más a menudo... ;)

Llenar mi tiempo de cosas que me gusten, y no tanto de obligaciones. Intentar enriquecerme por dentro, seguir cultivando mi interior, y también el exterior, aunque para que las flores luzcan hermosas en el jardín, es necesaria una tierra abonada y nutrida. Ser más constante, ser más comprensiva, y menos exigente en ocasiones. Aprender a disfrutar de mi felicidad. Y seguir mi camino, aunque de vueltas, giros inesperados, o aunque transcurra recto y aburrido en ocasiones. Éso es vivir, supongo.

miércoles, 11 de noviembre de 2009

Muerte... y vida


Llevo varios días pensando en la muerte. En cómo nos afecta, en lo mucho que la obviamos a veces, y en lo poco que la tenemos interiorizada. Desde el día que estuve en el cementerio, cubriendo una misa dedicada a los difuntos, y cuando tuve la oportunidad de pasear plácidamente por el camposanto (una de las palabras preferidas de mi admirado Iker Jiménez), observando las lápidas, el ritualismo con el que rodeamos a los seres que perdemos, tan diferente de otras culturas, y que demuestra lo poco aceptado que tenemos ese estado de (in)existencia.

Paseé por el cementerio, y saqué muchas fotografías, por cuestiones de mi trabajo, y por gusto. Tengo que reconocer que no soy muy talentosa para ello, no tengo un "ojo fotográfico". Observé las fotografías situadas en las tumbas de personas muy jóvenes que habían fallecido. Tan sólo en el estado de sus nichos, profusamente adornados con flores, se podía apreciar el tremendo dolor de sus familias al haberles tenido que dejar marchar antes de tiempo.

Hay que reconocer que el cementerio de Rota es un lugar amplio, diáfano, nada tétrico, algo que se supone inherente a un cementerio. Es un lugar tranquilo y verde, donde se puede pasear, limpio y blanco. Como cualquier cementerio moderno. Pero me hizo pensar.

La muerte me da miedo, pero creo que es porque no la he aceptado todavía. Aunque no tengo edad para morir, y por el momento mi salud y antecedentes no indiquen que sea algo que pueda pasar en un corto espacio de tiempo (a no ser que el destino medie), mi momento para cruzar las Puertas aún es lejano. Pero he comprendido que hay que aprender a asumir lo inevitable de ciertas cosas, y cuanto antes mejor, para ser capaces de disfrutar de este estado de existencia y saber sacarle el jugo a todo lo que podemos hacer, vivir, experimentar, disfrutar, y sufrir.

El otro día, desayunando con unos compañeros, me contaron que habían estado velando a la madre, repentinamente fallecida, de un amigo. La mujer era joven para morir, y fue absolutamente inesperado, dejando a dos hijos y a un marido destrozados. Uno de mis amigos estaba especialmente impactado, pude verlo en sus ojos y en su actitud. Le había dejado una honda impresión ver los estragos que había causado en sus amigos este triste acontecimiento, ya que normalmente suelen ser personas excepcionalmente alegres y muy divertidas. Y verles así ha debido hacer sonar un "click" dentro de su cabeza.

No tenemos la muerte asimilada como algo que forma parte de nuestra vida, aunque suene extraño. Nuestra cultura, además, eminentemente cristiana católica, nos envía mensajes contradictorios, prometiéndonos una salvación al lado del Padre, o una condenación eterna en el infierno. Nuestra cultura no contempla, como otras, la muerte como un paso, como una celebración, y llena ese momento inevitable de dolor y de sufrimiento innecesarios.

De todas las fotos que saqué en el cementerio, la que más me gusta es una de un nido abandonado por las cigüeñas, lleno de pájaros. Seguramente, y hagamos un poco de fábula con esta idea, todos esos pájaros son los nuevos recipientes de las almas de algunos de los habitantes de ese cementerio, que ahora vuelan libres, observándonos sufrir por ellos desde una existencia mucho más liviana, y feliz. O a lo mejor no, pero sería bonito que así fuese.

miércoles, 14 de octubre de 2009

Quisiera ser


Quisiera ser esa belleza lánguida de un cuadro de John Waterhouse. Largas guedejas rubias, trenzadas, piel de alabastro, corona ciñendo mis sienes, Lancelot a mis pies, roto de amor.

Quisiera ser esa chavala canija, de ojos grandes, labios gruesos, esa cualquiera que enamora, protagonista de amores imposibles, objeto de pasión.

Quisiera ser la rubia recauchutada, perfecta, tetona, culona, estupenda, flotante y plástica, vestida de leopardo, tu esclava sexual.

Quisiera ser la hermosa geisha, sumisa, de nuca cálida y mórbido antebrazo, de mirada fina, avergonzada e impúdica, de trato amable, suaves modos, y dedos ágiles.

Quisiera ser la elegante dama, que pisa las mullidas alfombras de un enorme palacio, descalza, silenciosa, con la oscuridad en sus ojos y en sus cabellos, y la frialdad en la piel.

Quisiera ser la protagonista de tus sueños, lejana, intocable, inalcanzable.

Pero soy como soy. Aspirar a más, es fábula.

miércoles, 9 de septiembre de 2009

Me siento petarda

Hay días que me siento petarda. Sí, no sé, como si hubiese salido de la serie esa tan de moda, Gossip Girl (serie que, por otra parte, nunca he visto, pero imagino que las protagonistas se acercarán bastante a mi idea de petarda).

Me siento liviana, ligera, que no ligera de cascos, cuidado. Me siento tontaina, molona, y con un meneíto tonto en las caderas. Petarda, tontorrona, bailonga. ¿Alguien me entiende? ¿Me estoy explicando? Lo dudo mucho.

En días petardos como éste me apetece escuchar canciones tontainas, de las que nunca escucho, de esas que pones cuando te estás maquillando para salir, o cuando te estás probando ropa y te ves bien, cosa harto complicada en mi caso. Ese estado de ánimo tan especial, que te hace creerte que eres una partner en un videoclip de la Beyoncé, es decir, divina, mortalmente divina, que te sales: a eso le llamo yo sentirse petarda.

Incluso me entran ganas de ponerme tacones, y eso que yo soy incapaz de soportarlos.

Que alguien me recuerde que no tengo nada de petarda, por favor.

Para ambientar mi petardeo, os dejo este "temazo" de The Veronicas, que ilustra perfectamente mi sensación de hoy. Aunque ya se me va pasando, mira, mira como se va...

miércoles, 26 de agosto de 2009

Feliz, feliz no cumpleaños


En realidad, el cumpleaños es mañana, pero no será un día muy bueno para escribir. Demasiado trabajo. Y es que por mucho que intente que mi cumpleaños sea exactamente tal y como lo siento, un día especial, siempre es de lo más común y ordinario. En este caso, el día que más trabajo tengo en la semana.

Las maneras que tengo de celebrarlo dentro de mi, siempre hacen que se convierta en un día que espero con muchas expectativas, incluso me despierto especialmente feliz, como la mañana de Reyes. Aunque este año lo recibo algo triste, y no por los años, que me dan igual, sino por el tonto y egoísta motivo de que mis padres no estarán conmigo para celebrarlo. Ellos están celebrando su amor en París, y me parece un motivo de lo más contundente para que no estén conmigo mañana. Pero me pongo tontita.

Bueno, un año más. Más vieja, más gorda, más tranquila, más equilibrada según el día. No está mal.

sábado, 22 de agosto de 2009

El calor


Nínive se encogió, y sus cabellos del color de las algas wakame se retorcieron sinuosamente en las aguas verdes del Índico.

El hombre se había marchado, y su propia carne fría, delicada, opalescente como la de un pescado, sintió por primera vez la desazón del abandono. Extendiendo los brazos, Nínive se desplazó perezosamente hacia una corriente cálida, intentando recuperar lo perdido.

Aquel hombre la había acompañado durante días: no quizás entendiendo el tiempo como sabía lo entendían sus primas, las náyades, que medían el paso del vetusto Cronos basándose en los lentos giros de la tierra, pero estaba segura de que eran días. Los suficientes para haber comprendido, haber perdido y ahora hacerse preguntas.

El hombre había bajado, como una exhalación, a los dominios de su padre, despertándola de esa especie de ensueño sin sueño que disfrutan los habitantes del empíreo líquido. Sintió las ondas en el agua provocadas por el peso de su cuerpo, y se acercó a él, dueña del entorno y sabiendo la fascinación que en los momentos previos a la asfixia estaba causando en aquel extraño, que ante su visión no sólo no la temía, sino que olvidaba tratar de sobrevivir.

Insufló un beso salvador en aquellos labios cálidos, y le ofreció así la vida. El hombre pudo ver, pudo respirar bajo su mismo techo, y cruzaron una sonrisa mientras se examinaban el uno al otro.

Oh, la carne trémula, cálida, del suave color aceitunado. Los ojos negros, el cabello negro como las simas de las Marianas, de una negrura hechizante. Nínive aprendió a acariciar, a entregar su envolvente ser a aquel extraño, bajo las aguas del extenso reino de su padre.

Un sobresalto. Si hubiese sido una mujer terrestre, quizás Nínive hubiese reconocido, a pesar de la incongruencia, un escalofrío en su lánguido cuerpo hecho para atravesar el agua. Recordar aquellos días de placer la hacía sentir extraña.

Tanto le contó, aquel hombre, de su hogar… de sus verdes praderas sobre las que se podía caminar, de los vivos colores, que recordaban a los jardines de coral repletos de estrambóticos peces; de la suave caricia del sol sobre la piel, húmeda, al secarse, del erizarse de ésta; de los deliciosos frutos, pendientes de los árboles, jugosos, derramantes… y siempre veía en aquellos ojos negros un destello de tristeza.

Cada vez los abrazos eran menos prolongados, y Nínive observaba que su influjo sobre aquel ser disminuía. Ya no era capaz de satisfacerle, de acogerle en su pecho para entregarle un amor tan solo destinado a dioses.

El motivo era, sin duda, el recuerdo que teñía sus ojos de plata.

Un día el hombre marchó. Dejó en su pensamiento un mensaje, sabedor de que Nínive lo leería, mientras le observaba, compleja e inocente, alejarse hacia la superficie. Y en el mensaje el hombre le confiaba la verdad.

Nínive atravesó las aguas hasta ver dorados destellos que la cegaban, sus enormes ojos de color inenarrable, tan sólo comparables al mar bravío. Su espléndida cabeza emergió de la profundidad, y sintió como el sol la acariciaba hasta secarle la piel. Nadó, satisfecha, hasta un banco arenoso. Y se dejó ir, exhausta.

El gran rey se movió, despacio y como en un sueño, hasta aquel lugar en el Índico. El pesar hacía fluctuar sus barbas entre las ondas, causando temor entre sus súbditos, que se apartaban silenciosamente a su paso. No sabían los pensamientos que llenaban la cabeza de su gran señor.

El gran rey llegó hasta el banco de arena, en el que yacía su hija, Nínive, exangüe bajo el sol. El conductor del carro, se dijo, no habrá reparado en lo que ha sucedido.

Tocó a su hija. Tenía la piel caliente, seca, pero en sus labios aparecía una sonrisa. Un juguete roto, devorado por los pájaros.

Nínive había deseado retener en su cuerpo el calor del sol, al igual que sus hermanas terrestres, y curtir su piel transparente para ofrecerle a aquel hombre la belleza que produjo su nostalgia.

viernes, 14 de agosto de 2009

Sudor y furia


El calor. Es muy jodido el calor. Ya lo decía Lorca, que en los días de calor, y sobre todo en Agosto, pasan cosas muy malas.

El calor nos convierte en animales, desata en nosotros cierta malignidad, nos empuja a mirarnos con ojos aviesos, y a molestarnos por cosas que, en otros momentos, no nos molestarían. Venía por la calle y ya he visto dos enfrentamientos de personas por motivos asombrosamente estúpidos. Pero el culpable es el calor.

El calor nos transforma, nos corrompe, nos hace hervir la sangre, y no para bien. Asfalto ardiente, arena que quema, multitudes ansiosas, prisas, la náusea. Y un enorme ventilador.

El calor te aplasta, te deja inútil, te ablanda el cerebro, y dicen que desata crímenes. Lorca lo decía siempre, que el calor saca las navajas, y los temperamentos. Las pasiones son más negras, y la paciencia se acaba mucho antes, evaporada.

Me encanta el invierno.