miércoles, 14 de octubre de 2009

Quisiera ser


Quisiera ser esa belleza lánguida de un cuadro de John Waterhouse. Largas guedejas rubias, trenzadas, piel de alabastro, corona ciñendo mis sienes, Lancelot a mis pies, roto de amor.

Quisiera ser esa chavala canija, de ojos grandes, labios gruesos, esa cualquiera que enamora, protagonista de amores imposibles, objeto de pasión.

Quisiera ser la rubia recauchutada, perfecta, tetona, culona, estupenda, flotante y plástica, vestida de leopardo, tu esclava sexual.

Quisiera ser la hermosa geisha, sumisa, de nuca cálida y mórbido antebrazo, de mirada fina, avergonzada e impúdica, de trato amable, suaves modos, y dedos ágiles.

Quisiera ser la elegante dama, que pisa las mullidas alfombras de un enorme palacio, descalza, silenciosa, con la oscuridad en sus ojos y en sus cabellos, y la frialdad en la piel.

Quisiera ser la protagonista de tus sueños, lejana, intocable, inalcanzable.

Pero soy como soy. Aspirar a más, es fábula.

miércoles, 9 de septiembre de 2009

Me siento petarda

Hay días que me siento petarda. Sí, no sé, como si hubiese salido de la serie esa tan de moda, Gossip Girl (serie que, por otra parte, nunca he visto, pero imagino que las protagonistas se acercarán bastante a mi idea de petarda).

Me siento liviana, ligera, que no ligera de cascos, cuidado. Me siento tontaina, molona, y con un meneíto tonto en las caderas. Petarda, tontorrona, bailonga. ¿Alguien me entiende? ¿Me estoy explicando? Lo dudo mucho.

En días petardos como éste me apetece escuchar canciones tontainas, de las que nunca escucho, de esas que pones cuando te estás maquillando para salir, o cuando te estás probando ropa y te ves bien, cosa harto complicada en mi caso. Ese estado de ánimo tan especial, que te hace creerte que eres una partner en un videoclip de la Beyoncé, es decir, divina, mortalmente divina, que te sales: a eso le llamo yo sentirse petarda.

Incluso me entran ganas de ponerme tacones, y eso que yo soy incapaz de soportarlos.

Que alguien me recuerde que no tengo nada de petarda, por favor.

Para ambientar mi petardeo, os dejo este "temazo" de The Veronicas, que ilustra perfectamente mi sensación de hoy. Aunque ya se me va pasando, mira, mira como se va...

miércoles, 26 de agosto de 2009

Feliz, feliz no cumpleaños


En realidad, el cumpleaños es mañana, pero no será un día muy bueno para escribir. Demasiado trabajo. Y es que por mucho que intente que mi cumpleaños sea exactamente tal y como lo siento, un día especial, siempre es de lo más común y ordinario. En este caso, el día que más trabajo tengo en la semana.

Las maneras que tengo de celebrarlo dentro de mi, siempre hacen que se convierta en un día que espero con muchas expectativas, incluso me despierto especialmente feliz, como la mañana de Reyes. Aunque este año lo recibo algo triste, y no por los años, que me dan igual, sino por el tonto y egoísta motivo de que mis padres no estarán conmigo para celebrarlo. Ellos están celebrando su amor en París, y me parece un motivo de lo más contundente para que no estén conmigo mañana. Pero me pongo tontita.

Bueno, un año más. Más vieja, más gorda, más tranquila, más equilibrada según el día. No está mal.

sábado, 22 de agosto de 2009

El calor


Nínive se encogió, y sus cabellos del color de las algas wakame se retorcieron sinuosamente en las aguas verdes del Índico.

El hombre se había marchado, y su propia carne fría, delicada, opalescente como la de un pescado, sintió por primera vez la desazón del abandono. Extendiendo los brazos, Nínive se desplazó perezosamente hacia una corriente cálida, intentando recuperar lo perdido.

Aquel hombre la había acompañado durante días: no quizás entendiendo el tiempo como sabía lo entendían sus primas, las náyades, que medían el paso del vetusto Cronos basándose en los lentos giros de la tierra, pero estaba segura de que eran días. Los suficientes para haber comprendido, haber perdido y ahora hacerse preguntas.

El hombre había bajado, como una exhalación, a los dominios de su padre, despertándola de esa especie de ensueño sin sueño que disfrutan los habitantes del empíreo líquido. Sintió las ondas en el agua provocadas por el peso de su cuerpo, y se acercó a él, dueña del entorno y sabiendo la fascinación que en los momentos previos a la asfixia estaba causando en aquel extraño, que ante su visión no sólo no la temía, sino que olvidaba tratar de sobrevivir.

Insufló un beso salvador en aquellos labios cálidos, y le ofreció así la vida. El hombre pudo ver, pudo respirar bajo su mismo techo, y cruzaron una sonrisa mientras se examinaban el uno al otro.

Oh, la carne trémula, cálida, del suave color aceitunado. Los ojos negros, el cabello negro como las simas de las Marianas, de una negrura hechizante. Nínive aprendió a acariciar, a entregar su envolvente ser a aquel extraño, bajo las aguas del extenso reino de su padre.

Un sobresalto. Si hubiese sido una mujer terrestre, quizás Nínive hubiese reconocido, a pesar de la incongruencia, un escalofrío en su lánguido cuerpo hecho para atravesar el agua. Recordar aquellos días de placer la hacía sentir extraña.

Tanto le contó, aquel hombre, de su hogar… de sus verdes praderas sobre las que se podía caminar, de los vivos colores, que recordaban a los jardines de coral repletos de estrambóticos peces; de la suave caricia del sol sobre la piel, húmeda, al secarse, del erizarse de ésta; de los deliciosos frutos, pendientes de los árboles, jugosos, derramantes… y siempre veía en aquellos ojos negros un destello de tristeza.

Cada vez los abrazos eran menos prolongados, y Nínive observaba que su influjo sobre aquel ser disminuía. Ya no era capaz de satisfacerle, de acogerle en su pecho para entregarle un amor tan solo destinado a dioses.

El motivo era, sin duda, el recuerdo que teñía sus ojos de plata.

Un día el hombre marchó. Dejó en su pensamiento un mensaje, sabedor de que Nínive lo leería, mientras le observaba, compleja e inocente, alejarse hacia la superficie. Y en el mensaje el hombre le confiaba la verdad.

Nínive atravesó las aguas hasta ver dorados destellos que la cegaban, sus enormes ojos de color inenarrable, tan sólo comparables al mar bravío. Su espléndida cabeza emergió de la profundidad, y sintió como el sol la acariciaba hasta secarle la piel. Nadó, satisfecha, hasta un banco arenoso. Y se dejó ir, exhausta.

El gran rey se movió, despacio y como en un sueño, hasta aquel lugar en el Índico. El pesar hacía fluctuar sus barbas entre las ondas, causando temor entre sus súbditos, que se apartaban silenciosamente a su paso. No sabían los pensamientos que llenaban la cabeza de su gran señor.

El gran rey llegó hasta el banco de arena, en el que yacía su hija, Nínive, exangüe bajo el sol. El conductor del carro, se dijo, no habrá reparado en lo que ha sucedido.

Tocó a su hija. Tenía la piel caliente, seca, pero en sus labios aparecía una sonrisa. Un juguete roto, devorado por los pájaros.

Nínive había deseado retener en su cuerpo el calor del sol, al igual que sus hermanas terrestres, y curtir su piel transparente para ofrecerle a aquel hombre la belleza que produjo su nostalgia.

viernes, 14 de agosto de 2009

Sudor y furia


El calor. Es muy jodido el calor. Ya lo decía Lorca, que en los días de calor, y sobre todo en Agosto, pasan cosas muy malas.

El calor nos convierte en animales, desata en nosotros cierta malignidad, nos empuja a mirarnos con ojos aviesos, y a molestarnos por cosas que, en otros momentos, no nos molestarían. Venía por la calle y ya he visto dos enfrentamientos de personas por motivos asombrosamente estúpidos. Pero el culpable es el calor.

El calor nos transforma, nos corrompe, nos hace hervir la sangre, y no para bien. Asfalto ardiente, arena que quema, multitudes ansiosas, prisas, la náusea. Y un enorme ventilador.

El calor te aplasta, te deja inútil, te ablanda el cerebro, y dicen que desata crímenes. Lorca lo decía siempre, que el calor saca las navajas, y los temperamentos. Las pasiones son más negras, y la paciencia se acaba mucho antes, evaporada.

Me encanta el invierno.

martes, 4 de agosto de 2009

La llave maestra


A veces quisiera ser el ama de llaves, la que tiene la llave que abre todas las puertas. Quisiera poder abrirlas para vosotros, de par en par, para que entráseis libres y felices, y no a empujones, o pasar de largo ante ellas.


Quisiera tener la llave para la puerta que da a ese lugar, donde los miedos y las inseguridades son superados, donde no existe el temor a ser abandonado, donde nos vemos en un espejo tal y como somos, limpios, grandes, libres y merecedores de recibir amor. Pero esa cerradura está algo alta.


Quisiera tener la llave de tu cabeza, en la que estás encerrado tú, en la que te sientes un pequeño monstruo indigno de recibir cariño, y que siente que, si lo recibe, es por pena, por misericordia. Quisiera abrirte de un soplido los ojos, y que cayeran de ellos las escamas que te impiden ver tu enormísimo talento, tu capacidad de amar, y de ser amado por los demás, tu miedo a compartir tu dolor con alguien que te ame sin condiciones, porque, para ti, es mejor hundirse solo y destrozado antes que pedir ayuda a quien te la está ofreciendo sin condiciones. Ojalá, por encima de todo, tuviese esa maldita llave, mi querido amigo.


Quisiera tener la llave para superar el recuerdo, el dolor, las heridas, y que da paso al futuro, no al olvido, pero si a la comprensión, y a la aceptación.


Quisiera tener la llave de los candados que atan vuestras lenguas, para deshacer los nudos, para daros la llama de nuestro Pentecostés personal, que nos lleve a comunicarnos entre nosotros mismos, a abrirnos, a decirnos las cosas que tenemos dentro y que, muchas veces, son a su vez pequeñas llavecitas que abren minúsculas puertas blancas en nuestro interior.


Quisiera tener la llave de tu corazón, herrumbroso, oxidado, carcomido por las lágrimas, para desencajarlo y abrirlo, para que deje pasar de una vez toda la luz del sol.


Pero lo único que puedo ofreceros es la llave que abre mi ser para vosotros, y muchas veces, no sirve de nada.

viernes, 26 de junio de 2009

Billie Jean, ahora solitaria


Es triste y previsible que actualice en un día como éste, pero era inevitable. Soy una persona que no puede dejar de reaccionar ante aquellas cosas que despiertan sus recuerdos, y la muerte de Jacko es una de esas cosas.

Desde pequeña, quien me conoce lo sabe, me han encantado los videoclips. Cuando me preguntaban qué quería ser de mayor, decía que VJ de la MTV. No es coña. Hasta mi hermano se ha metido conmigo siempre por éso, porque al ver tantos videoclips, inevitablemente, estaba al día en música, y a veces era pintoresco por mi corta edad que conociese a ciertas bandas.
Mi hermano se metía conmigo, pero imitaba cuando era enano a Michael en el vídeo de Bad, que era para morirse, cantando "ampé, ampéeee" (traducción: I'm bad, I´m bad). También Emiliano, mi pareja, me recuerda que ponga que de pequeño quería ser Michael Jackson, emulando sus bailes y sus gestos más famosos. Aún hoy día intentamos hacer el moonwalk, sin éxito.

Huelga decir, porque todos los sabéis, que junto con el clip Bad Boys, de Duran Duran, Thriller marcó un antes y un después en la historia de los vídeos musicales. A quién no nos sedujo esa historia teen de terror, con un bailarín como ninguno haya pasado por la faz de la tierra. Por éso deberíamos recordarle, aunque en mi fuero interno me intrigue el por qué de su tremendo devenir.

A lo mejor tener éxito desde tan pequeño le robó la infancia, y le hizo convertirse en el extraño que ha fallecido en también extrañas circunstancias. Una muerte que, aunque inesperada, por otra parte era "exigible" a un icono tan enorme del pop. ¿Magnicidio?

De pequeña uno de mis videos musicales favoritos siempre fue Billie Jean, y esas losas iluminándose bajo los pies de Michael.

Aquí os lo dejo, para quién quiera disfrutarlo conmigo. (Y a partir de ahora prometo actualizar más a menudo ;) )
(os dejo el enlace, porque no es posible hacer una inserción del vídeo)

Billie Jean / is not my lover...